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Por Sergio Cerecedo

Como parte de la programación de la edición 2025 del festival de cine alemán, se presentó esta película que tras su paso por la Berlinale dejó grandes impresiones y en lo personal me agradó mucho, debido a su unión de hechos históricos con personajes divertidos, en una historia que se mueve ágilmente entre un género y otro.

El hecho histórico en el que se desarrolla la trama, es la planeación y los factores alrededor del concierto de Keith Jarret en Koln, Alemania, en una época donde el jazz tuvo un resurgimiento, al ya no vender en Estados Unidos ante la llegada del rock y los nuevos géneros, lo que provocó que las estrellas de este género se refugiaran en Berlín, llevando con ello una aculturación que una parte de la población recibió muy bien. Toda la acción de esta historia es vista desde los ojos de Vera Brandes, una chava de familia acomodada que, desde el seno de una familia conservadora, se descubre entusiasta de la música, la vida, y las nuevas corrientes de pensamientos en una Europa que apenas lograba recuperarse de la guerra. Ella comienza siendo una simple fan, pero al encontrarse en la necesidad de difundir la música que le apasiona, la vida la lleva a volverse gestora de conciertos, ganar su propio dinero y viajar. Mucho de esto se consolida a raíz de ver tocar a Jarreth, ex pianista de Miles Davis y decidir jugarse el todo por el todo con un evento único en su estilo, el cual causa muchas dudas entre sus allegados, quienes no están seguros si ella tendrá éxito.

La película crece conforme Vera avanza en edad, empezando como una especie de comedia de enredos, de pez fuera del agua, de mucha fórmula de muchos sub géneros, incluyendo por supuesto, el de las películas alrededor de grandes eventos masivos que marcaron la historia y que son encabezados por personas con mucho entusiasmo pero poca idea de qué hacer en concreto, cuánto cobrar y con quien ir, e irónicamente con el impulso de ese tipo de ignorancia al tejemaneje de los medios, el cial le permite ir por todas y no tener límites, inclusive a la hora de meter a un jazzista a un recinto de ópera. Esas historias de a mucho corazón , trabajo en equipo y el apoyo necesario de quien le sabe a la técnica, tienden a ganarse el corazón.

De esta primera parte que bebe de muchas fórmulas a nivel revoltura, se da un cambio a una segunda hora donde se revelan motivos profundos de quien los tiene, ese viaje en auto con una entrevista del periodista hacia Keith y su manager/compañero de aventuras, con el surrealismo de una persona que puede oír los pensamientos, de un cúmulo de experiencias de vida y percepciones de cómo es hacer arte, lo que se sacrifica, lo que se deja y que no puede explicarse, una secuencia de interior de auto que parece envolvernos por arte de magia en lo que se dice y mucho recuerda a la secuencia del músico borracho en Inside Llewyn Davis (Ethan y Joel Coen, 2014) , inclusive en las tonalidades de luz. La película se vuelve más introspectiva en las noches, los espacios oscuros y los lugares donde la gente se pregunta: ¿Por qué estoy haciendo lo que estoy haciendo?

Si de por sí el jazz es improvisación, lo que la película le toma en préstamo, sobre todo en la segunda mitad, es que casi no hay música de este género, es esa locura e indefinición genérica y las variaciones en el ritmo del montaje, aunque sin dejar de ser un filme digerible, que cualquiera puede ver y que tiene una profundidad adquirida en emociones comunes y duelos actorales. Todo el elenco está muy bien y el alternar entre alemán e inglés se percibe natural.

El reparto está lleno de caras frescas para el cine occidental, Mala Embde compone su personaje Vera Brandes de joven con carisma, locura y también sensibilidad, complementando con la más experimentada Susanne Wolf como la versión más adulta de Vera y el veterano Ulrich Tukur (Amén, La vida de los otros) como el estricto papá de Vera, en los secundarios encontramos caras conocidas de la TV como John Magaro (First Cow, The Umbrella Academy) o Michael Chernus (Severance, Hombres de negro III) en un divertido papel como periodista musical apasionado y a momentos narrador, en instantes que rompen la cuarta pared y que también metaficcionan lo sucedido tras bambalinas al rededor de una tocada o concierto.

La película tiene la esencia de esos largometrajes que hablan de la música desde las personas que fueron parte de su historia como gestores, me recuerda mucho a “24 hour party people” de Michael Winterbottom sobre la formación de un mítico bar para bandas que después se convirtió en disquera, el derrotero común es una combinación entre el estilo de vida que conlleva estar de un lado a otro, conocer lugares de distintos estilos donde lo que existe en común es la música, la pasión de estar ahí y envolverse en el proceso. También en el jazz, tiene el aire bohemio y del remanso que encontramos en la amistad a la hora de acometer grandes proyectos o enfrentar grandes problemas que estaba en Round Midnight (Bertrand Tavernier, 1986).

El montaje tanto de imagen como de sonido, toma decisiones extrañas que a veces no sé si me gustan o no, pero sí dejan un sabor peculiar hay veces que vemos ejecuciones de jazz y no las oímos, por el contrario escuchamos clásicos rock y folk (Bob Dylan, Todd Rungdren) o hasta Krautrock (Can, Neu!) en momentos donde convencionalmente se pondría el sonido sincrónico de los personajes, dando una rareza que va más allá de la simple secuencia de montaje basada en música.